Es permet la difusió dels textos d'aquesta revista, sempre i quan se'n mencioni la font.

I de postres, un conte

Revista n, número 11. Solstici d'hivern del 2005.

El colibrí y las flores

Mario Satz

La parábola de los pájaros cantores

-¡Otra vez, otra vez!-gritaron los niños al abuelo ciego-.

Había cuentos de invierno, de otoño, primavera y verano, y ahora, la época de las ciruelas negras, como la parte más dulce de la noche, les provocaba la muy rara, muy vieja sed de oír historias, aunque fuesen siempre las mismas. Tal vez fuera la voz del viejo lo que fascinaba a los niños, o los velos misteriosos que conferían a sus ojos un tono de alabastro herido. Quizás fuera su manera de humedecerse los labios con la lengua como si disfrutase él más que nadie de aquellas invenciones tan viejas como la piedra y el viento. O su memoria de elefante manso, su registro de hojas de mica entre las que -decía-, el sol le contaba los viajes de sus rayos y que llevaba en el bolsillo junto al viejo amuleto de cerezo salvaje para alargar sus últimas tardes.

-¡Otra vez, otra vez!-le pidieron-.

El ciego se mojó los labios, se acomodó en la silla de enea y dijo:

-Un día se reunieron todas las flores formando una constelación vegetal tan apretada, tan luminosa y fragante, que hubiera sido imposible distinguirlas, clasificar sus pétalos y perfumes.

El motivo era nombrar un representante en el país alado del espacio, un mensajero del solsticio de verano, un iluminado arco iris que se paseara de flor en flor, danzando una movilidad que las plantas sólo sueñan.

También la luna escuchaba la voz del viejo. Y los árboles cercanos, y la parte más dulce de la noche, color ciruela.

-Cuando se separaron, sofocadas por sus propias espinas y estambres, de la sangre misma de sus néctares y del verde intenso de sus hojas, el colibrí surgió bailando con el sonoro titilar de la lluvia en la fuente de las fábulas.

-¡Oh!-dijeron los niños, que esa misma mañana, y otras, habían visto colibríes en los jardines, en las enredaderas, reculando para apreciar mejor la corola en la que irían a beber-.

Después de un breve silencio, una niña que parecía más reflexiva que los demás, levantó una tímida mano para preguntar:
-Me gustaría saber-dijo- dónde, en qué lugar queda la fuente de las fábulas.

-Bajo la lengua del que cuenta-respondió el anciano-, en el movimiento más tranquilo de su mandíbula cuando duerme y masca los frutos del sueño.

-¡En ningún lado, entonces!-exclamó alguien, sin poder disimular su desilusión-

-O en todos-le respondió la niña que había hablado antes-.

-Así es-sonrió el abuelo ciego-. Aquello que imaginamos ayer acaba por tejer el vestido de nuestro mañana. Vivimos de las palabras que intercambian entre sí los cuentos como las flores del colibrí mensajero. El ojo ve cómo el tiempo tira sus redes en el mar de nuestra existencia, pero es el oído el que las recoge, húmedas de sentido. Llenas de alimentos imperecederos.