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Olla de Grills Revista n, número 13. Solstici d'hivern del 2006. |
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¿Desde dónde escucho yo? La pregunta estrella del III Encuentro fue "¿Desde dónde cuento yo?". Desde la revista n nos preguntamos que pasaría si girásemos la pregunta y se la formulásemos a algunos narradores. El resultado lo leeréis a continuación y podréis ver un poquito más esta magia que tiene la narración: la línea que separa el narrador del escuchador es tan sutil como el aleteo de una mariposa. Mi escucha cambia a temporadas, a días, a ratos. Cambia de lugar y de intensidad. Cambia según mi disposición de ánimo, según mi estado físico, según las condiciones meteorológicas, según quién esté a mi lado Por eso, para poder contestar a la pregunta, debo modificarla a mi conveniencia: "¿Desde dónde escucho yo hoy?". Escuchar, escucho desde todo lo que tengo, y con todo lo que soy: orejas, ojos, manos, nariz, piel, sangre, algunas vivencias y sobre todo, con lo que puedo (que reduce sustancialmente lo que tengo y lo que soy). Es cierto que podría responder a la pregunta de una manera más o menos grandilocuente, diciendo, por ejemplo: "Escucho desde el corazón, desde las tripas o desde el punto G", o diciendo: "Escucho desde el alma, desde el ch'i o desde el fluir del tiempo". Pero cualquiera de esas opciones sería mentira. Y no sólo eso. Con esas respuestas estaría negándome la posibilidad del cambio. Dependiendo de lo que escucho, mi corazón, mis tripas, mi punto G, mi alma, el ch'i y hasta el fluir del tiempo, vibran, se abren y se dejan gozar, o, al contrario, se cierran, rechazan lo que puja por entrar y sufren. Algunas voces o ideas encuentran órganos, vísceras, recuerdos, sensaciones u otras ideas que vibran por simpatía con ellas. Y según se den las condiciones externas e internas de una manera u otra, oiré más o menos el rumor de mis propias vísceras, los ecos ajenos que me habitan, los recuerdos que andan por ahí vociferando o susurrando, o la nada. Puede ser que algún día no oiga nada. A veces uno tiene sorderas pasajeras. Paciencia. Por todo eso, según con qué sea capaz de escuchar oiré unas voces u otras, y según qué escuche se modificará el desde dónde quiero o puedo hacerlo. Sin embargo, lo esencial, y en aquello en lo que sí soy categórica es en el gusto: me gusta escuchar desde el silencio. Me gusta el silencio interior y el exterior. Me gusta que me hablen desde el silencio. Y a veces me pregunto, con todas estas limitaciones ¿hasta dónde escucho yo? Patricia McGill El lugar, el tiempo o la perspectiva desde la que escucho nunca es la misma, y ojalá supiera donde me encuentro más a menudo porque, sinceramente, mi vida tal vez carecería de vaivenes emocionales de vértigo y ganaría en capacidad comunicativa y empática. El darme cuenta de semejante tangana me costó un disgusto gordo el pasado verano, pero las gracias tengo que dárselas a Moisés Mato, pedagogo del teatro de la escucha. Ese montón de estados de ánimo y desánimo desde los que escucho a mis semejantes, y que soy incapaz de controlar, incluyen naturalmente la escucha activa del cuento. No puedo escuchar desde el intelecto -como yo deseo con toda mi artillería consciente porque siempre he sido bastante repelente, de niña al culo le llamaba ranura - y difícilmente desde el corazón porque me parece una víscera de la que se abusa con frecuencia. Si pudiera escoger me gustaría escuchar desde el instinto, en todas las acepciones de la palabra, pero especialmente desde la locución adverbial: "Por un impulso o propensión natural e indeliberada". Lola Barceló Un día, en una charla con narradores una chica apuntó que cuando ella escuchaba cuentos tenía esa sensación como cuando de pequeñas jugábamos a las peluqueras y alguien te tocaba el pelo y sentías como unas cosquillas que empezaban desde la punta del pelo y avanzaban por todo el cuerpo en cuestión de segundos. Me pareció un símil bellísimo, en esa experiencia de placer (sólo compartida por los que nos gusta jugar a las peluqueras ?hay quien lo detesta) es el lugar desde donde yo me sitúo al escuchar cuentos. Cuando las palabras se vuelven un hormigueo y te envuelven al fin en un abrazo lento. Así es que supongo que mi respuesta es que escucho desde la piel, logrando de todas formas una experiencia no sólo epidérmica, sino que los cuentos logran traspasar esa barrera que no traspasa el agua. Noemí Caballer Al preguntarme y reflexionar me encuentro con lo que debería y con lo que hago. Es una mezcla y no sé bien si lo que escriba corresponderá a una u otra actitud. Sin más y con la convicción de que uno y otro es una manera de manifestar lo que hago, me atrevo a decir que hay una escucha consciente y otra automática. Una con conciencia sabia y otra con el ego dominando. Cuando escucho contar a otro contador lo hago con el intento de dejar que entren las palabras y los gestos sin ningún juicio previo. Dejo que me seduzca el tono de voz, el timbre, la música de los silencios. Que corresponda al contenido de lo que transmite y luego escucho el cuerpo que resuena con la música de las palabras acompañadas de gestos y expresiones. Cuando lo hago de manera consciente, me abro a los tres cerebros, escucho con el corazón los sonidos que me emocionan, con la cabeza el sentido de las palabras y la historia, con las tripas el movimiento del cuerpo y los gestos. Los tres funcionan a la vez y mi cuerpo vibra conjuntamente si lo que escucho me satisface, me sorprende, me emociona. Sé que hay momentos en los que escucho abierto y otros momentos en los que el juicio y la comparación forman un filtro difícil de traspasar. Es cuando tengo miedo de no ser aceptado por lo yo que haga, cuando tengo celos de los que cuentan por su forma de contar semejante a mi manera de hacerlo, cuando quiero ser admirado más que otros... en resumen, cuando escucho comparándome con el otro. En esa ocasión no escucho, sino que juzgo. De todas formas, me doy cuenta de que en estos últimos tiempos mi manera de escuchar es desde la compasión. Desde la admiración hacia el que cuenta, desde el respeto, desde la diversidad de formas y técnicas, desde la riqueza de expresiones, de voces y de cuerpos que comunican. Pep Duran -trajinante de cuentos- |
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