Es cou per allà
PACIENCIA SANTA
Por Juanan Rodríguez
A finales del mes de febrero, una llamada de mi buen amigo Albert Marques (larga vida al gran Ursus) me ponía en antecedentes de una invitación que él había tenido que declinar por motivos laborales para participar en el primer festival de música y narración que iba a tener lugar, ni mas ni menos, que en los campamentos de Refugiados Saharauis, sitos en territorio argelino.
A los pocos minutos, la narradora extremeña Mariola, codirectora de dicho evento, se puso en contacto con un humilde servidor y, tras apresurados transmites administrativos, a principios de marzo dio comienzo mi singular periplo, acallando las voces agoreras que alguna vez dijeron que contado cuentos no iría a ninguna parte.
Me encaminé, un tanto receloso, hacia un lugar de condiciones poco aptas para el común devenir de la vida de los hombres; a unos campamentos cuyas condiciones desconocía, acogido por el pueblo saharaui que vive de ayudas internaciones. A alguna parte desde luego llegué: a la mitad de la nada.
Entre el trayecto en autobús, la espera en Barajas y en Argel para
volar a Tindouf -ciudad militar argelina que se sitúa próxima
a los campamentos con exhaustivas medidas de seguridad- y un trayecto en jeep
a través del desierto, transcurrieron 32 horas de rutinario viaje.
Mis compañeros de aventuras fueron, a saber, la ya mencionada Mariola,
la violinista Judith , su marido Dani (un irlandés muy cachondo) que
tocababan al ritmo de música celta, y Arco y Emilio miembros del grupo
cordobés Garabato, cantautores que con su guitarra hacían música
intercalando declamaciones de comprometidos poetas. Ya en destino, a éste
grupo nacional, se unieron: Idumo, codirector del festival y guía interprete,
y Moishan, el conductor del vehículo que el Frente Polisario puso a
nuestra disposición para los desplazamientos. Dos tipos extraordinarios
a los que echo de menos.
Judith y Dani iban un poco por libre, ya que tiene una niña saharaui apadrinada y pasaban con su familia la mayor parte del tiempo. El resto convivimos durante 10 días y pronto parecíamos una familia de artistas ambulantes.
Los saharauis viven en 5 campamentos de refugiados separados entre sí por varios kilómetros de desierto llamados wilaias. El festival tendría lugar en días alternos en las wialias del Aaiún, Smara, Awserd y 24 de Febrero.
El gobierno del Frente Polisario nos acogió con gran deferencia, y nos alojaron en los “protocolos” unos edificios a modo de ayuntamientos que también se usan para dar acogida a cooperantes, excepto en 24 de Febrero donde fuimos alojados por una familia pudiente de la zona.
Eso sí, el primer día, el viceministro de cultura nos comunicó que debíamos abonar 8 € por persona y día en concepto de estancia y manutención… no era lo pactado y se pospuso el tema indefinidamente; al final, gozamos por completo de la hospitalidad del gobierno saharaui. Pero si cuela, cuela, ¿no?
Sin ser una autoridad, ni en ésta ni en ninguna materia, es necesaria una aproximación histórica al problema saharaui para comprender un tanto su situación: precaria y desesperada, en medio del puto desierto vacío.
Los lazos entre el pueblo español y saharaui se remontan a más de dos siglos de colonización, con los consecuentes préstamos culturales de la metrópolis a la colonia: como el idioma español (con total ausencia del Instituto Cervantes), la tortilla de patatas (muy rica) o la música de José Luis Perales (sí, se quedaron por la época de los 70).
Era ya un hecho la descolonización africana, se había perdido la Guerra del Ifni con Marruecos y su excelentismo caudillo, por la inexplicable gracia de dios, Francisco Franco, sólo podía jugar al mus con su equipo médico habitual, pero sin poder pasar señas, cuando a Hassan II se le ocurrió que, como lo españoles hacían las maletas, no había más que ocupar el llamado Sahara Occidental. Se envió la Marcha Verde, un grupo desarmado de hombres, mujeres y niños que ocuparon pacíficamente todo el territorio. Y aquí viendo el percal, se firmó un acuerdo cediendo la soberanía del Sahara a cambio de que se aceptara la españolidad de Ceuta, Melilla y el vital enclave militar de la Isla de Perejil.
Claro, el pequeño detalle sin importancia era un indeterminado número de saharauis que vivían allí, en su tierra… Algunos se quedaron bajo la nueva dominación alauita, pero la mayoría inició un éxodo en miserables condiciones y bajo fuego del ejército marroquí.
Mientras, Mauritania, también aprovecho la coyuntura y ganó unos kilómetros cuadrados en dirección norte.
Acogidos en territorio argelino, el pequeño ejercito saharaui abastecido por los despojos abandonados por los españoles, declararon la guerra para recuperar su tierra a Marruecos y Mauritania simultáneamente. Como si Andorra declara la guerra a Francia y España, vamos.
A principios
de lo 90 se declaró un alto el fuego y se empezó a buscar una
solución a través de la ONU. Surgió el proyecto para
un referéndum de autodeterminación que no satisfizo a nadie
y que ha quedado en punto muerto porque las partes no se ponen de acuerdo
en el censo para el mismo. Además, el Frente Polisario tiene abierto
un contencioso jurídico con la ONU, no me preguntéis porqué;
y el Gobierno Español no intercede ante Marruecos. Ellos dicen que
fueron abandonados o mercadeados por el Gobierno Español como si de
un rebaño de ganado se tratara. A pesar de ello, su gratitud con el
pueblo llano español es grande, no en vano el mayor contingente de
ayudas internacionales y de cooperantes vienen de aquí.
A raíz del alto al fuego el Frente Polisario proclamó una “Intifada” pacífica y llegó una relativa prosperidad, fruto de la paz transitoria. En los campamentos empezaron a sustituirse las tiendas de campaña por pequeñas construcciones de adobe y algunas infraestructuras. Son las wilaias, extensos pueblos de casas bajas hechas de barro. Aparecen comercios de alimentación, ropa, mercería, artesanía… Estos productos se compran principalmente con el dinero enviado por los emigrantes que trabajan en Argelia y Mauritania, o en Marruecos y España.
En el desierto de los saharauis no hay más que piedras y mucha basura. El agua del único pozo que existe se destina a los innumerables tes que se suelen tomar, mientras el agua para beber se distribuye en cisternas, pero su exceso de yodo la hace poco salubre. La comida procedente de las ayudas se distribuye por el Frente Polisario, aunque algunas familias tienen camellos, cabras o gallinas y hay tres pequeños huertos estatales. El que no tiene su propio negocio desempeña gratuitamente diferentes funciones para el Polisario. Un lugar extraño, de gente tranquila y pacífica, donde abundan las antenas parabólicas, puedes comprar compresas o CDs, pero sólo hay un pediatra para toda la población.
¿Y que paso con los cuentos? Pues durante los festivales, Mariola narraba un cuento de inspiración saharaui y luego Idumo hacía la versión hassani, la legua autóctona de los saharauis. Yo, por mi parte, contaba un cuento con las molestas interrupciones necesarias para la traducción simultanea (a grandes rasgos, un tercio de la población no sabe castellano, otro tercio lo justo para conversar y un tercio lo domina a la perfección). Todo esto, intercalado entre las diferentes actuaciones musicales o poético-musicales que aportábamos nosotros, más las actuaciones musicales, parlamentos y manifestaciones políticas que aportaban los saharauis en cada wilaia. En la mayoría de las ocasiones un desastre, con un elevado índice de improvisación, en la que quizá los cuentos no acaban de tener su lugar, provocando más bien una ruptura en la dinámica festiva .En futuras ocasiones, quizás, los cuentos deberían tener un territorio propio para llegar mejor al público y crear un clima más adecuado.
Aún así, los cuentos encuentran solos su lugar. Y conté hasta por los codos, a mis compañeros de expedición, a los grupos de cooperantes que encontrábamos en los protocolos (por cierto, recuerdos a las enfermeras de Mallorca y a los estudiantes de Madrid) o un par de cuentos memorables en casa de la concejal de cultura de la wilaia de el Aaiun una noche que nos invitaron, como no, a tomar el té.
En el desierto una de las mejores virtudes de la que uno puede hacer gala es la de la paciencia. Paciencia para montar los equipos; paciencia para reunirse con los políticos; paciencia para comenzar los festivales (a veces hasta con tres horas de demora sobre el horario previsto). Pero claro, allí sobra tiempo y faltan cosas por hacer, y los camiones se estropean en el desierto, los sistemas eléctricos se funden y hay que traer electricidad de otro edificio… es lo que hay.
En marzo hace un tiempo puramente estival, pero en verano la temperatura alcanza facilmente los 50 º. No se puede hacer mucho más que estar a la sombra tomando té.
Se toma té a casi todas horas. Dónde vayas te invitan a un té, símbolo de hospitalidad que una vez aceptado dura al menos una horita (es de muy mala educación dejar a medias el ritual). El proceso es meticuloso y se toman tres vasitos de cortado, mitad té, mitad espuma (el escanciado del té para generar la espuma es todo un arte) el primer té se toma amargo, el segundo suave y el último dulce: “como la vida, como el amor y como la muerte”, dicen los saharauis. En este ambiente caluroso, ocultos en las casas con escasez de agua, se entiende a veces la enojosa costumbre de repartir entre los presentes agua de colonia a raudales.
Nos llevaron a pasar una noche al desierto en una jaima y nos invitaron al festival poético que tendría lugar después; todo al más puro estilo tradicional. El alcalde de Smara que seguía por radio la noche electoral española, bajo las estrellas y protegidos del viento por las dunas mientras tomábamos un té -como no-, me sorprendió al preguntarme si yo era “un número par o número impar” (refiriéndose a mi narración del cuento de Millás El 4 en el País de Los Números Impares). Mientras buscaba una respuesta políticamente correcta dijo, respondiéndose a sí mismo: “lo importante es que todos somos números”. Aquella noche, Arco, Emilio y yo preferimos hacer vivac para ver el amanecer. Encontramos un rinconcito en una duna sin restos de basura y tuve mucha suerte, porque me el lado resguardado del viento. Cuatro militares armados hacían guardia vigilando el perímetro del campamento. “En el desierto nunca se sabe”, dijo Idumo. Y añadió: “La próxima vez, haced un agujero en el suelo para protegeros del viento”; a buenas horas sabiduría saharaui.
Especialmente emotiva fue la despedida en 24 de Febrero, ensayando y colaborando por primera vez de verdad con artistas saharauis, fue un autentico festival. Llamaron por teléfono y pusieron al micrófono a un preso político encarcelado en la cárcel negra del Aiun en territorio ocupado. Entre bambalinas, un músico me contó como huyeron con unos amigos de los territorios ocupados, saltó el muro (sí, un muro de cientos de kilómetros que atraviesa el desierto y separa a los saharauis de su tierra), atravesaron el campo de minas siguiendo los pasos del primero de ellos que tuvo fortuna, esquivaron las patrullas de vigilancia marroquíes, vagaron por el desierto tres días hasta que encontraron un pastor…En esos momentos de empatía y congoja… no hay palabras para expresar el sentimiento de solidaridad e indignación que te inunda…
Aun se oía cantar Estrella polisaria al grupo de moda, cuando salí de la vorágine para fumar con mi amigo Dah, un cubanaui; o sea, uno de los 150 que cada año viajan a la isla (el paraíso) para cursar estudios superiores. Dah fue el único saharaui que me dijo que lo que en verdad deseaba era coger un fusil y morir por su patria. Un nacido en el exilio que nunca ha visto la orilla este, el Atlántico, las playas de su pueblo.
¿Hasta cuando se puede seguir teniendo paciencia? Paciencia Santa, amigos. Aunque por momentos la clase militar saharaui pierde la esperanza y pide entrar en acción.
Ojala no nos lleguen de allá mas malas noticias, pero 32 años de exilio en el desierto quemaría a cualquiera. Sólo se me ocurre decir: ¡Sahara horra! Sahara Libre. Y Paciencia Santa.
P.D. Paciencia Santa que ha tenido conmigo Blai para recibir esta crónica y Conchi, mi hermana, para transcribirla.