Es cou per aquí
Festival “Riu de contes”
Por Charo Pita
Me encantan los ríos. Siempre me han parecido un misterio de fertilidad y abundancia. Este gusto me viene de cuando era niña. Por aquel entonces, tenía una amiga canadiense con la que compartía algunos juegos. Un día la llevé hasta un lugar donde corría un hilo de agua entre piedras y le dije:
–¡Verás como soy capaz de saltar este río!
Ella se echó a reír. No era para menos. Sus ojos habían navegado por las orillas del San Lorenzo, allá en Montreal, un río que no habría podido saltar ni con la mirada, pues sus aguas se perdían tras la orilla del horizonte, como si se tratase de un mar.
Recuerdo la carcajada de mi amiga. Recuerdo mi imaginación desbordada. Recuerdo que precisamente entonces nació mi afición por los ríos.
Desde ese día, dediqué mi tiempo libre a capturar trazos azules en los mapas, a viajar por el placer de descubrir corrientes nuevas y estaba tan sumergida en esta tarea que, incluso por la noche, para conciliar el sueño, enumeraba los cauces que había conseguido retener en mi memoria, desde el Tambre hasta el Orinoco, desde el lecho más profundo hasta el manantial más humilde.
Orgullosa de mi sabiduría fluvial, creía dominar todas las cuencas, cuando mi vanidad se vio desbordada por una noticia: la existencia en el Pallars Sobirà de un río desconocido.
Intrigada decidí acercarme a Sort, el lugar donde, según me habían informado, nacía.
Mi primera sorpresa me asaltó al llegar a la villa, encontrar el cauce del río y comprobar que estaba vacío.
La segunda me invadió, cuando, decepcionada por el hallazgo, cerré los ojos con rabia y escuché un murmullo arrullador como el del agua. No me lo podía creer. Se trataba de un fluir indefinido, lento, intermitente, que poco a poco iba creciendo hasta precipitarse en mi interior con la fuerza de una cascada.
Abrí los ojos. En medio de la cuenca seca, había un grupo de personas. Me sentí arrastrada por su presencia, me senté junto a ellas y escuché. No tardé en darme cuenta: entre aquella gente crecía una corriente continua que desembocaba en una historia y luego en otra y en otra… hasta inundar por completo de palabras el cauce vacío y las calles y las plazas….
–¿Qué es esto?, pregunté asombrada.
–¿Qué va a ser? Pues el Riu de Contes.
Me habría gustado lanzar una carcajada, como había hecho mi amiga hacía ya tanto tiempo, pero no pude.
Al igual que el San Lorenzo, aquel Riu de Contes me pareció imposible de saltar, así que cuando me llegó el turno, siguiendo el curso de la crecida, salí a contar una historia.
Era la primera vez que me sentía parte de un río.
A tod@s lo@s amig@s que abracé en Sort. Al paisaje del Pallars Sobirâ. A las personas que nos brindaron sus oídos y sus cuentos. A las conversaciones surgidas a lo largo del festival, en la biblioteca, en el Parc del Riuet, en las noches, en los bares, en las plazas… A quienes con su esfuerzo organizaron este festival, fuente caudalosa. Gracias por poder estar.