un cafè amb…
Kapilolo
Por Helena Cuesta
Extractos de la conversación grabada el 16 de junio de 2008 por José Manuel de Prada-Samper.
A mediados de junio de 2008, tuve la suerte de conocer a Marlene y Kapilolo, que venían de Suráfrica para participar en el Maratón de Cuentos de Guadalajara. Pasaron unos días en Barcelona, así que también aquí pudimos disfrutar de sus cuentos y de sus historias.
En los días que compartí con ellos, y con José Manuel de Prada-Samper, folklorista y estudioso de los cuentos bosquimanos, pude escuchar muchas historias y ver la vida con otros ojos y otro ritmo.
Kapilolo Mario Mahongo, nació en Angola en 1952, es un bosquimano
!xun. Según nos contó, «Kapilolo», un tipo de junco
que crece a la orilla de los ríos, es su nombre tradicional y él
es el cuarto miembro de su familia que lo recibe; su hijo es el quinto. Mario
es el nombre que le impusieron los portugueses. Y Mahongo es la adaptación
fonética bantú de un término !xun que significa: “aquel
capaz de saciar la sed”. Su nombre es así porque, cuenta él,
“con el kapilolo (junco) se hace un silbato, con el silbato atraes al
antílope. Matas al antílope y tras comerte la carne tienes sed,
con lo cual te ves obligado a beber agua, y la bebes con el propio junco;
ese es el sentido de mahongo”.
Como dicen los indios cree del Canadá, “decir el nombre es comenzar
la historia”.
Kapilolo, sueles decir a menudo, como fórmula de cierre de un cuento
o de una historia: “la historia camina hasta aquí”, pero
¿desde cuando caminan las historias?
Las historias se trasmiten cuando una generación muere y nace otra generación. Es la forma que tenía la gente de antes de aprender. No sabían leer y escribir y las historias eran su educación.
La transmisión de los conocimientos era, por lo tanto, oral, pero ¿todas las historias tenían una finalidad educativa?
Casi todas las historias tenían un significado educativo y le decían al niño cómo tenía que comportarse. Las historias servían para explicar cómo funcionaba la vida. Nos planteaban preguntas sobre cómo funcionaban las cosas. Por ejemplo, las historias de caza servían para explicar la manera de cazar y también para compartir la experiencia de la caza con quienes no cazan, como las mujeres.
Otras historias eran de advertencia para los más jóvenes, para que supieran cómo vivir con la naturaleza y con otros seres humanos, para avisarles de los peligros.
Cuando los niños eran pequeños oían muchas historias y cuando eran mayores iban al veld (a la sabana) a experimentar todo lo que habían aprendido.
Hoy pienso que las historias eran la forma que tenía Dios de enseñar a los seres humanos a vivir en la tierra. Creo que eran nuestro sistema educativo.
Hay muchos
grupos de bosquimanos diferentes, pero todos cuentan
historias en torno al eland (el más grande de los antílopes)
muy parecidas, ¿no es así?
Matar a un eland era indispensable para ser considerado un cazador. No te podías casar hasta no haber matado uno, porque eso significaba que podías mantener a tu familia.
¿Vivíais de la caza?
El veld era nuestra tienda, la gente que tenía fuerzas suficientes iba a buscar alimentos en ella. El padre y la madre iban a buscar alimentos (a cazar y recolectar). Pasaban todo el día en el veld para poder proveer a su familia de comida. Los jóvenes y los viejos se quedaban atrás. Había mucho tiempo que llenar.
Entonces era cuando se contaban historias…
En el campamento quedaban sólo los más jóvenes y los más ancianos. Era en ese momento cuando buena parte de la educación tenía lugar. De esta manera, se trasmitían muchos conocimientos de los más ancianos a los más jóvenes.
¿En algún momento especial del
día?
Por ejemplo, a mediodía, cuando hacía mucho calor, se sentaban debajo de un árbol y ¿qué hacían? Contaban historias. Porque realmente era eso lo que tenían que hacer. Ese era el lugar de aprendizaje.
Y al anochecer, cuando los padres regresaban, se sentaban alrededor del fuego.
Era allí donde la generación intermedia traía historias
de lo que había pasado cuando habían estado en el veld buscando
comida, explicaban cómo había tenido lugar esa búsqueda.
Eso era importante para la educación porque era todo lo que tenían.
En ese espacio, al anochecer, era cuando todas las generaciones se unían
y compartían historias.
Por otro lado, había épocas en las que la gente se reunía
porque había más recursos, como en el momento en que salían
las flores. La gente se encontraba entonces en lugares concretos y cuando
se despedían se decían unos a otros “te veré aquí
el año que viene, en la época de las flores”.
Así fue hasta que tuve 10 años. Cuando yo era adolescente, la
gente empezó a cultivar.
Oíste las historias, por lo tanto, de tus mayores. ¿Y tus padres, te contaban historias?
Mi padre no era un narrador. Era un hombre bastante callado, bastante tranquilo. Pero mi madre sí era una narradora.
¿Cuántas personas solían conformar una comunidad?
No había cifras fijas, pero, en general, se movían en grupos
de cinco y treinta personas, eso era lo normal.
Nadie, en ninguna circunstancia, se desplazaba solo, porque no se podía
sobrevivir.
Aunque la manera tradicional de vivir fuera nómada o semi-nómada, ¿Teníais historias vinculadas a lugares concretos?
Sí, a veces se daba el caso, cuando el grupo estaba viajando, que un anciano no podía seguir y se quedaba atrás. Luego el grupo volvía a pasar por aquel lugar y el anciano ya no estaba. Entonces se contaba la historia de que en aquel lugar a un anciano que no había podido seguir al grupo lo había devorado un león.
O también podía ocurrir que alguien no pudiera continuar el camino y se quedase al pie de en un gran árbol. Cuando el grupo volvía encontraba solo los huesos. Entonces, el lugar, recibía el nombre de la persona que había muerto allí.
Si una persona descubría una charca, se le daba su nombre a aquel lugar.
Era la manera que teníamos de dar nombre a los lugares que había en el paisaje.
Ahora no vivís de esta manera tradicional, las historias estaban muy vinculadas a ella, sin embargo, las historias continúan vivas.
En aquel tiempo la atmósfera para la transmisión de las historias era muy amistosa. Hoy ya no es tan propicia y, por eso, tenemos que buscar otras formas para hacer que las historias pervivan.
Todos los que hemos oído a Kapilolo contar las historias en su lengua hemos podido apreciar que, desde luego, las historias perviven, siguen teniendo fuerza y una gran capacidad de crear imágenes.
Puede que nosotros no necesitemos salir a cazar elands o a recolectar los frutos y hierbas que crecen en el veld, pero seguimos formando parte de esa siguiente generación que necesita crecer escuchando historias
Por mi parte, les agradezco, sobre todo, que hayan sido capaces de ampliar nuestro campo de visión y llenarnos los oídos con sonidos nuevos.
Las conversaciones fueron largas y divertidas porque muchas veces Marlene traducía del afrikáans al inglés, y José Manuel lo hacía del inglés al español. Pero los idiomas no son barreras infranqueables, sino puentes que nos unen.
Es muy posible que Marlene y Kapilolo regresen a Barcelona en el mes de abril de 2009 y espero que todos podamos volver a disfrutar con ellos de sus cuentos, de sus historias y de la música de sus palabras.
Mientras tanto, y si queréis leer historias
y cuentos bosquimanos, os invito a leer La niña que creó las
estrellas, de José Manuel de Prada-Samper, publicado por Lengua de
Trapo y visitar:
http://www.kalaharipeoples.net