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La abeja del rey Salomón

La abeja del rey Salomón

El rey Salomón tenía una abeja sabia llamada Karnit Or que le servía de mensajera, una zumbante criatura capaz de recorrer largas distancias y de orientarse tan bien bajo el sol rojo de la tarde como bajo el blanco de la mañana.

–Recorre –le pidió un día el rey– las colinas que rodean la ciudad y averigua quien es el más devoto de mis súbditos, el más gentil de los seres humanos.

–Defíneme antes, oh rey –quiso saber la abeja, volando a la altura de sus ojos–, qué es para ti la devoción y qué la gentileza.

El rey Salomón, sorprendido por tan inteligente pregunta, dio unos pasos por el jardín aromático de su palacio y contempló sin pestañar las matas de espliego, el romero, el laurel, el hirsuto timo y la fragante salvia. Carraspeó un poco y respondió:

–Devoción es hacer lo que deba hacerse en la tierra sin dejar de mirar el cielo, y gentileza es honrar y saludar a los desconocidos como si fueran miembros de tu propia familia.

Karnit Or, la abeja del rey, se alejó poco antes del mediodía hacia las colinas y aguzó sus ojos plurales, todas las facetas de su visión para distinguir, entre las cosas y los seres que abarcase su mirada, al más gentil y devoto. Descartó a un grupo de soldados absortos en la comparación del filo de sus lanzas; dejó de lado a un pastor que arreaba sus ovejas; observó con atención a tres niños que jugaban junto a la fuente de Ain Hinafesh pero no vio en ellos nada singular. Remontó vuelo por encima de unos algarrobos, fue y vino de un panal salvaje a un campo de gramíneas; descubrió a una pareja de amantes en la parte más recóndita de un valle y se detuvo a descansar entre las flores de un almendro. El invierno había abierto su negra coraza al perfumado ascenso de la luz. De pronto, en uno de sus giros, la vio.

Era una muchacha ciega que hilaba lana a las puertas de su cabaña, emplazada sobre una roma colina contigua al abismo. Parecía la última vivienda del mundo y su dueña sonreía con su rostro vuelto hacia el sol sin dejar de mover las manos. De tanto en tanto, dulcemente, giraba la cabeza a izquierda y derecha con extremada cortesía. Al no ver a nadie a su lado Karnit Or supuso que la muchacha ciega debía de estar tarareando una canción y se acercó para oírla. Pero al silencio que rodeaba la escena sólo lo alimentaba el trino lejano de algún pájaro, el susurro casi inaudible de la brisa rozando el techo de palma de la casa. Un tenue soplido que se amplificaba allí abajo, en el abismo.

La ciega, callada, hilaba e hilaba sin dejar de sonreír. La abeja pasó volando muy cerca de sus hombros y oyó que la muchacha le saludaba:

–Seas quien seas que el sol te bendiga y la tierra te sostenga. Si el mundo es bello cuando no se ve¡ cuánto más hermoso será para quienes pueden verlo!

Conmovida por tales palabras Karnit Or volvió a palacio y le narró su descubrimiento al rey.

–¿Crees que es imprescindible ser ciego para comportarse de modo tan devoto y gentil? –le interrogó Salomón.

–No, pero tal vez sí sea necesario habitar al borde de algún abismo en una casa solitaria.

–Nuestros sabios sostienen que hay ciegos de demasiada luz.

–Poca o mucha, oh mi señor –respondió la abeja–, lo esencial es dejarse orientar por ella.

Al día siguiente el rey mandó a buscar a la muchacha ciega siguiendo los datos aportados por Karnit Or, pero sus enviados no hallaron la cabaña, ni vieron el abismo ni encontraron en el lugar otra cosa un risco ocupado por una familia de líquenes. Entonces, pensando que su mensajera Karnit Or había tenido una visión, creyendo que había penetrado en el reino de lo apócrifo y leído los milagrosos archivos del pasado, el rey sonrió para sí mismo y musitó:

–Las historias no son buenas porque hayan ocurrido sino por lo que determinan que ocurra.

Aquella primavera las hojas nacieron sin dolor.

Mario Satz: El sellador de rosas

Revista N. Núm. 6. Primera època. I per postres… uns quants contes. Any 2003, p. 30

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